Introducción:
así empezó este cuento
En el origen de este trabajo están quizás el desconcierto,
el asombro,
la eterna deuda con esa palabra tantas veces citada, en
tantos lugares,
de tantas maneras, con tantos tonos y giros: el cuento.
Primero fue bajo
la apariencia de algo dado de forma simple por la historia
literaria, es
decir, un algo con forma más o menos acabada, con fórmulas
en teoría
agotadas por los entonces considerados maestros —que eran
casi todos
los que se leían—, sin muchas preguntas por responder. En
aquella
época lejana, hablar de cuento era mencionar unos textos
breves, con
pocos personajes, en los cuales uno o varios de ellos,
ubicados en algún
lugar preciso o impreciso, se enfrentaban a situaciones
extraordinarias
que los empujaban a tomar decisiones que culminaban en una
buena o
mala fortuna. De vez en cuando se advertía en ellos alguna
enseñanza y,
casi siempre, los que más gustaban eran aquellos en los
cuales el hecho
insólito se presentaba bajo una escritura que obligaba a
transportarse al
interior de la fábula contada. Como una especie de vicio
sano, un cuento
empujó a otro, un autor a otro, y el camino se tornó tan
amplio y difuso
que esas certezas iniciales se fueron desmoronando como
sucede con un
castillo de naipes cuya base es tan endeble como la parte
superior.
El tiempo había pasado y aquel asombro inicial fue entonces
una especie
de desasosiego e ímpetu para empezar a hilar muy fino, para
intentar,
entre este y aquel, buscar el territorio oculto que producía
distintos
tipos de asombro. Entonces, fueron las lecturas de otras
pequeñas
piezas, algunas muy esclarecedoras y otras igual de
desconcertantes a
las primeras. Si en el comienzo habían estado autores
renombrados, en
el segundo instante varios de ellos se repitieron y fueron
apareciendo
otros nombres. Así, a los primeros cuentos de Cortázar
siguió la lectura
de las ocurrencias que, por aquí y por allá, el maestro iba
diciendo
para justificar lo que poco antes había escrito. Igual
ocurrió con Gabriel
García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Mario
Vargas
Llosa y otros. Pero, como continuamente hacían referencia a
Anton
Chéjov, a Raymond Carver, a William Faulkner, a Ernest Hemingway
y a Isaac Babel, había que ir en su búsqueda para mirar qué
tenían de
importante para gustarles tanto a los maestros.
Al leer a aquellos otros, nuevas remisiones fueron
ensanchando más el
panorama. En las líneas de Hemingway y de Faulkner todo el tiempo
se hablaba de un libro titulado Winesburg Ohio con el cual,
decían ellos,
el camino por descubrir se les había acortado de forma
considerable.
Carver decía que en su mesa de noche solía guardar los
apuntes de
Chéjov y que cuando pensaba en una idea para cierto cuento
sacaba
aquellas notas y todo se le iluminaba de repente. Al lado de
varios libros
de cuentos, se fue armando otra fila de libros que,
incluyendo la palabra
en la solapa, le agregaban un par de palabras más y
convertían aquello
en un nuevo género: las poéticas del cuento.
Ver ese grupo de palabras bajo la forma de un sintagma
nominal
expandido creó una nueva obligación: preguntarse por el
sentido
de esa otra palabra ―poética― y, de paso, sobre el porqué de
tan
diversas maneras de asumirla. Poéticas eran todas, pero
todas eran,
a su vez, muy opuestas entre sí. Habían aparecido por
aquella época
autores también muy renombrados, como Flannery O’Connor,
Juan
Bosch, Katherine Mansfield, James Joyce, Horacio Quiroga,
Jorge Luis
Borges... y, entonces, ese puñado de anotaciones iniciales
no cabía en los
dedos de una sola mano y había que ir almacenando esa
información sin
saber para qué. Resultaba extraño que, siendo igual de
extraordinarios,
Chéjov hubiera llevado al papel un par de ideas que
Hemingway hacía
todo el esfuerzo por demeritar; o que Poe hubiera hecho
continuas
referencias a la brevedad y que la mayoría de quienes lo
sucedieron
le prestaran tan poca importancia a hablar de aquella
condición de
entrada; o que Quiroga hubiera escrito un decálogo que
Silvina Bullrich
había destruido con consistencia palmo a palmo.
Unos hablaban en tono muy serio y se referían al cuento con
la distancia
que imponen el respeto y la erudición; otros, por el
contrario, lo
comparaban con cualquier cosa, con una fotografía, con un
rayo, con
una cena interrumpida en medio de una conversación
telefónica, con un
agujero cerrado, y lo hacían con jocosidad, como si
estuvieran hablando
de algo que les ameritaba poca profundidad, como si de un
mero juego
se tratara. Sin embargo, unos y otros hacían parte de esos
libros de
aparición reciente que muchos leían y llevaban bajo el
brazo.
Había muchas preguntas en la cabeza y para responderlas
había que leer
más y más. Si los primeros autores estaban casi al alcance
de la mano
y procedían de lugares más bien próximos, los últimos
narraban ya no
sucesos que ponían los pelos de punta de tan injustos y tan
cercanos,
sino tranquilos episodios en el ascensor de un conjunto de
apartamentos
de Nueva York, o las escenas granuladas de un grupo de
soldados en
Odesa, o las locuras de seres muy raros que buscaban peces
inexistentes
y terminaban por suicidarse metidos en un albornoz. A las
librerías
seguían llegando libros que incluían los ya leídos, pero les
aumentaban
tres o cuatro nuevas posiciones, nuevas poéticas sobre el
asunto.
Llegó entonces la etapa de la saturación, de la desazón
resultante de
un nuevo desconcierto y de poner algo de orden en la casa.
Hubo que
hacer listados, separaciones de libros por género, por edad,
por afinidad
temática, por repetición; subrayar a veces tantas cosas que
decían lo
mismo, pero de diferentes maneras, volver aquí y allá las
páginas para
no creer.
Así, poco a poco, algunas ideas empezaron a quedar un tanto
más claras.
Estaba claro, por ejemplo, que una cosa eran aquellos
cuentos leídos
tiempo atrás y otra la manera en que procedían los recién
descubiertos.
También, que de América Latina llegaban no solo los
cuentistas más
renombrados, sino las precisiones más definitivas en torno
al género.
Pero, descubierto esto, surgieron nuevas preguntas: ¿Por
qué? ¿Qué
tenían estos que no poseían los otros? ¿Por qué lo que dice
éste resulta
menos iluminador que lo de aquél? ¿Por qué, si se ha escrito
tanto y de
tan buena manera, los cuentistas siguen sumando más y más
líneas a lo
dicho?
Había llegado la hora de responder a estas preguntas o al
menos
intentarlo. Para tal empresa, se requería, más que mucha
información,
Saber guardar un secreto.
Estrategias discursivas, poéticas y voces del cuento 13
un método, un cronograma, algunas herramientas teóricas para
poder
hacer referencia a todo mediante una terminología común,
alguna ayuda
de estudiosos del asunto. Lo de la terminología se resolvió
con uno de
los considerados padres del formalismo ruso, Boris
Tomachevski (1982).
En su Teoría de la literatura, estaban aquellos aspectos
trascendentales
para buscar el orden. Tomachevski llama a cada concepto por
su
nombre, y eso es de enorme ayuda. Si antes se daban palos de
ciego
hablando de historia, anécdota, trama, él resolvía la
confusión creando
un término que encerraba aquellas palabras que hacen
referencia a lo
mismo. Igual ocurrió con el término poética. Aristóteles
estaba muy
lejos, y Tomachevski y Lapesa (1980) habían hecho una
adaptación
del griego a los actuales tiempos, más afín con la
intención. Quizás, el
problema central estaba en redondear los límites de la
búsqueda para no
ir errando tanto por el camino. ¿Qué se buscaba en concreto?
¿Adónde
quería llegar?
¿Y la metodología? Se fue construyendo en el camino, con
lecturas sugeridas
por amigos, por la generosa contribución bibliográfica de
algunos colegas
de la escritura, por oportunas correcciones sobre la marcha.
La primera pregunta a plantearse atañe, sin duda alguna, a
una búsqueda
que surge de una de las pocas certezas: si América Latina es
el territorio
por extensión de los cuentistas, entre los que están algunos
de los mejores
de todos los tiempos, ¿por qué se produce tal fenómeno? ¿Qué
es lo que
hay en esas pequeñas piezas que seduce tanto, que inquieta
tanto, que
perdura tanto? La segunda pregunta no tiene certezas de
base: Si se
han escrito tantos buenos cuentos en el continente y en el
mundo, si se
ha dicho tanto sobre el género, ¿por qué los escritores más
recientes de
cuento insisten en la tarea de seguir produciendo cuentos
magistrales
y reflexiones de mayor o menor calado? En realidad, las dos
preguntas
constituyen un solo cometido: la búsqueda de las formas
subyacentes al
cuento latinoamericano y el conjunto de reflexiones que
amparan dichas
estéticas, en caso de haberlas. Quizás se vuelva al origen
de la pregunta.
Es posible, también, que las preguntas queden sin respuesta
y, a cambio,
se generen más y más preguntas, siempre incontestables.
Quizás este
círculo salido del eje es lo que mantiene abierta la
posibilidad de seguir
insistiendo con esto del cuento.
Estrategias discursivas, poéticas y voces del cuento
Como se puede apreciar, este libro surgió de subrayados en
busca de
algunas mínimas claridades, de una investigación personal,
producto
de lecturas y más lecturas, motivadas siempre por dudas,
para resolver
incertidumbres desde la condición de escritor de cuentos y
de profesor
de literatura y de escrituras creativas. Pretende insertarse
en dos
tradiciones: la primera, la de estudiosos del género, o de
la literatura, en
general, que busquen algunos asideros para reflexionar sobre
un género
que se mueve de lugar con cada autor y cada época y que
exige una
permanente actualización de corpus y de miradas; la segunda,
la de
aquellos creadores que pretendan acercarse al domino del
género no
desde la práctica puramente empírica, sino desde el análisis
del género
y de algunos de sus cultores, puntadas que pueden nutrir el
acto creativo
propio.
El libro contiene cinco capítulos y un anexo final a manera
de poética
del autor. En un primer momento, se hace una breve
panorámica de
las poéticas de cuento más representativas, desde el lejano
texto de Poe
sobre los cuentos de Hawthorne, hasta libros más recientes
en los cuales
los autores contemporáneos indagan acerca del género y sus
claves
de escritura. Posteriormente, se aborda, a la luz de los
hallazgos del
primer capítulo, a cuatro autores latinoamericanos con sus
respectivas
obras y a partir de lo que sus propios estilos determinan
como ruta de
aproximación y análisis. Estos cuatro autores: Abelardo
Castillo, Laura
Massolo, Roberto Rubiano Vargas y Juan Gabriel Vásquez
tienen la
particularidad de haber ahondado en el cuento desde
distintos frentes:
el ensayo, la publicación de varios libros de cuentos, la
enseñanza
del género a través de talleres consolidados y premios
nacionales e
internacionales que los acreditan como representativos del
género breve
en el continente.