Introducción
Como es de conocimiento general, a lo largo de las últimas décadas se han
acelerado los cambios culturales, sociales, científicos y tecnológicos en el
contexto de lo que hoy por hoy se conoce como la “aldea global”. Estas
transformaciones en la forma de cimentar el conocimiento del hombre (en
todas sus dimensiones) y sus entornos (histórico, ambiental, sociopolítico
y cultural) indudablemente imponen un sinnúmero de retos para quienes
tienen bajo su responsabilidad la misión de definir, implementar y evaluar
las políticas educativas de los diferentes pueblos. Colombia no ha sido
ajena y ha intentado no ser inferior a este desafío en la medida en que
ha venido consolidando las bases de un sistema educativo que responda a
las cambiantes exigencias del devenir histórico. A manera de ilustración
de lo aquí estamos planteando, podemos hacer referencia inicialmente a la
definición de “educación”, en la Constitución Política de 1991, como:
Un derecho de la persona y un servicio público que tiene una función
social; con ella se busca el acceso al conocimiento, a la ciencia, a la
técnica, y a los demás bienes y valores de la cultura. La educación
formará al colombiano en el respeto a los derechos humanos, a la paz
y a la democracia; y en la práctica del trabajo y la recreación, para el
mejoramiento cultural, científico, tecnológico y para la protección del
ambiente. El Estado, la sociedad y la familia son responsables de la
educación... (Artículo 67)
Posteriormente, y en concordancia con el espíritu de este precepto
constitucional, se promulgó en 1994 la Ley 115 o Ley General de Educación
(LGE) que, en términos generales, establece que “la educación es un proceso
de formación permanente, personal, cultural y social que se fundamenta
en una concepción integral de la persona humana, de su dignidad, de
sus derechos y de sus deberes” (Art. 1). Es justamente como parte de
esa formación integral del educando que la LGE define como una de las
finalidades de la educación en Colombia: El desarrollo de la capacidad crítica, reflexiva y analítica que fortalezca
el avance científico y tecnológico nacional, orientado con prioridad al
mejoramiento cultural y de la calidad de la vida de la población, a la
participación en la búsqueda de alternativas de solución a los problemas
y al progreso social y económico del país. (Art. 5, numeral 9)
Para atender a las finalidades de la educación, la LGE contempla igualmente
las finalidades de la formación de educadores, en el siguiente sentido: a)
Formar un educador de la más alta calidad científica y ética; b) Desarrollar
la teoría y la práctica pedagógica como parte fundamental del saber del
educador; c) Fortalecer la investigación en el campo pedagógico y en el
saber específico, y d) Preparar educadores a nivel de pregrado y de posgrado
para los diferentes niveles y formas de prestación del servicio educativo
(Ley 115 de 1994, Capítulo II, Art. 109). Con respecto a la formación de
los educadores, Díaz Costa (2009), en su tesis de grado “Impacto de la
Investigación Educativa en la Práctica Docente”, hace una documentada
distinción entre quienes abogan por una formación centrada en la reflexión
sobre el quehacer educativo y quienes dan un paso más y asumen al docente
como un investigador de su propia práctica. Sostiene que no se trata de
posturas diametralmente opuestas sino complementarias, en el sentido de
que la formación centrada en la reflexión es una cuestión primordial y
condición previa de cualquier acto de indagación. No obstante, advierte que
la cuestión de la formación es un eslabón clave en el proceso de investigación
porque ni la reflexión de alto nivel ni la participación en comunidades de
investigación sería posible con docentes que no están preparados para ello.
Es aquí donde cobran importancia todos los esfuerzos que se hagan desde
la Facultad de Educación para empoderar a los futuros docentes como
profesionales reflexivos y críticos, capaces de investigar sus propias prácticas
pedagógicas y su incidencia en el aprendizaje de los estudiantes, así como
de afrontar con ellos las diferentes problemáticas educativas y sociales de la
escuela y la comunidad.
La conveniencia de formar docentes con un perfil reflexivo, investigativo y
transformador ha estado presente en las diferentes políticas educativas que se
han promulgado en Colombia en las últimas décadas. Por citar tan solo unos ejemplos: En uno de los apartes del documento “Colombia, la Mejor Educada
en el 2025” se reconoce que el epicentro del mejoramiento de la calidad de la
educación sucede en la institución educativa como comunidad de aprendizaje.
Por tanto, se busca fortalecer: 1. Los procesos de reflexión-acción sobre problemas
y situaciones del aula y del establecimiento educativo; 2. Las dinámicas de
trabajo colaborativo en los establecimientos educativos, en la medida en que los
docentes en formación se convierten en un foco de transformación; 3. Y como
consecuencia de las dos anteriores, la cualificación de las prácticas pedagógicas.
Dentro del Plan Nacional Decenal de Educación 2016 - 2026, se fijaron diez
desafíos estratégicos, dos de los cuales tienen que ver particularmente con la
“construcción de una política pública para la formación de educadores” y con
“el fomento de la investigación que lleve a la generación de conocimientos en
todos los niveles de educación”.
Es con el mejoramiento de la calidad de la educación, centrado en procesos
sistemáticos de reflexión e investigación, como se podrían crear herramientas
fundamentales para el desarrollo humano a través de la generación y
transformación de conocimientos en ciencias humanas y sociales a las que
se refiere la Misión internacional de sabios para el avance de la Ciencia,
la Tecnología y la Innovación. Al respecto, el documento de la Misión
Internacional de sabios sostiene:
Referirse al desarrollo humano implica mejorar los estándares de
competitividad de la población, así como garantizar una educación
de calidad que se refleje en las dinámicas innovadoras. Si bien hay
diferentes intensidades en la interacción entre la investigación y la
industria, es fundamental el rol de la educación en esa interacción y
el apoyo a las vocaciones científicas que comprenden conocimientos
formales, como también habilidades blandas para esa interacción,
lo cual deriva en insumos esenciales para la innovación. Al respecto
se requiere un soporte científico que contribuya a la formulación de
políticas, planes y programas educativos que estimulen la creatividad,
el pensamiento crítico, la comunicación, el pensamiento analítico, la
habilidad para coordinar actividades y para adquirir conocimiento
rápidamente. (Minciencias, 2019)
Por consiguiente, se vuelve indispensable abordar la formación docente
desde una perspectiva integral y multidimensional, que promueva no solo
habilidades técnicas, sino también capacidades analíticas, reflexivas y
comunicativas que empoderen a los docentes como agentes de cambio en
sus comunidades educativas. Como señalan Cardelli y Duhalde (2001), la
realidad latinoamericana enfrenta múltiples desafíos en la formación del
profesorado, con una clara fragmentación entre la formación inicial y en
servicio, así como una falta de integración efectiva entre estos procesos.
Este diagnóstico revela la necesidad de construir un modelo de formación
que articule el desarrollo curricular de la formación docente con las
transformaciones curriculares del sistema escolar en general, fomentando
una reflexión crítica sobre la propia práctica pedagógica.
Es en este contexto de reflexión y urgencia de cambios significativos en la
formación inicial de docentes donde surge el libro La Práctica Pedagógica como
Espacio de Empoderamiento y Reflexión Docente como una propuesta que busca
trascender la concepción convencional de la práctica pedagógica como
el mero espacio donde el docente en formación debe poner en práctica
el conocimiento disciplinar, pedagógico y didáctico recibido en las aulas
universitarias. Se trata, más bien, de asumirla como una oportunidad para
el empoderamiento, la reflexión, la exploración, la transformación y el
desarrollo profesional docente de quienes tendrán bajo su responsabilidad
la activación de los cambios culturales, sociales, políticos, científicos,
tecnológicos y, sobre todo, humanos que nuestras comunidades demandan
y merecen.
Por consiguiente, y en virtud del propósito formativo que tiene este libro,
se espera que los diferentes actores de la práctica pedagógica aborden,
inicialmente y de una manera críticamente reflexiva, la discusión de los
principales fundamentos conceptuales alrededor de la práctica docente,
su importancia y los roles de sus actores, así como de los principios de
los enfoques de enseñanza reflexiva y enseñanza transformadora como
respuestas al denominado paradigma de la enseñanza tradicional que aún
subsiste en nuestro sistema educativo. Igualmente, se espera que, en el
marco de una agenda compartida entre asesor y docente en formación, se