Los aniversarios son fechas para celebrar los grandes acontecimientos que han marcado la existencia de las personas y de los países; pero también representan momentos de reflexión, verdaderas pausas en el camino que nos invitan a cavilar sobre el pasado. Si ello es de fijo con todo tipo de fechas, imaginemos lo que representa cuando lo que se conmemora bien se puede entender como los momentos fundacionales en la historia de una nación. Este es el caso de México, que en un mismo año, el 2021, hemos recordado los quinientos años de la conquista de Tenochtitlan y festejado los primeros doscientos años de vida independiente.
Esta situación no ha pasado inadvertida en los distintos ámbitos de la vida pública nacional. Mientras que se levantaron voces que han lanzado diatribas y demandado disculpas por los trescientos años de dominio español en estas tierras, así como por los abusos que de ello derivaron, ha habido otras, particularmente en el ámbito académico, que se han propuesto estudiar y reinterpretar a la luz del presente, lo que la conquista, la época virreinal y la guerra por la Independencia representaron en el proceso de construcción de México como país.
Así, el 2021, y a pesar de las circunstancias sanitarias aún adversas, ha sido un año generoso en convocatorias que bajo sus distintas modalidades –coloquios, congresos, conversatorios, jornadas, simposios…– han reunido a estudiosos e investigadores procedentes de distintas procedencias y campos de conocimientos para intercambiar ideas y perspectivas sobre estos episodios esenciales en la historia de la nación.
De igual modo, no son pocos los textos que se nos exhortan a ver nuestro pasado de manera distintas, a través de planteamientos novedosos que cuestionan los enfoques tradicionales y desean brindar respuestas diferentes a las preguntas de siempre o, bien, a abordar temas que habitualmente habían sido poco trabajados en el pasado, sin que ello significara que carecieran de relevancia.
Es en este contexto que los doctores José López Yepes y Agustín Vivas Moreno nos presentan el libro que el lector tiene en la mano, un ejercicio generoso que nos habla de las mujeres en el tiempo de la conquista a través de tres casos paradigmáticos: la Malinche (México), la india Catalina (Colombia) e Inés Suárez (Chile). Son tres historias de vida que, sin perder sus especificidades, guardan ciertos paralelismos al tiempo que han sido objeto de reconstrucciones a lo largo de los siglos XIX y XX dentro de los textos académicos y de los medios de comunicación masiva, lo que pone en evidencia la importancia que aún poseen en nuestros días.
Así, Marina, Catalina e Inés son ejemplos de las dificultades que entrañaba ser mujer en América en el siglo XVI sin importar cuál fuera su origen o procedencia. En cada una de ellas, parte de su vida estuvo marcada por los romances ilícitos, al menos ante los ojos de la Corona y de la Iglesia, con los conquistadores Hernán Cortés, Pedro de Heredia y Pedro de Valdivia al tiempo que por el apoyo que a estos brindaron en sus tareas de conquista, ya fuera socorriendo a sus soldados o, bien, participando en la fundación de ciudades. Resulta curioso, a la vez, que en las lides amorosas su destino fuera el mismo pues ninguna de las tres contrajo matrimonio con algunos de estos líderes militares.
Una de las bondades de La mujer en la conquista de la América hispana en el siglo XVI: doña Marina, la india Catalina e Inés Suárez. Fuentes para su estudio es, como bien lo señala su título, la de contener un corpus documental –compuesto por textos de cronistas de la época, juicios de los historiadores actuales y materiales procedentes del Archivo General de Indias– sobre la vida y representación de estas mujeres cuya finalidad, a la par que objetivo central, es el de desarrollar de la lectura crítica entre los estudiantes universitarios.
No cabe duda que este ejercicio enriquece las labores que, de un tiempo a acá, se han desarrollado en arás de reposicionar la figura femenina dentro de los procesos de conquista y colonización españolas de América en el siglo XVI. Ya fuera por usos, costumbres y leyes de la época o por los intereses historiográficos posteriores, lo cierto es que las mujeres en la América española parecerían ser figurantes en esta historia, personajes que carecían de voz y de voluntad y que, en cambio, eran meras espectadoras de lo que ocurría a su alrededor. Nada más alejado de la realidad.
De muchas no conocemos su nombre, de otras ni siquiera sabemos de su existencia, pero, en cambio, lo que sí podemos reconocer son sus legados. A mi entender hay uno que se encuentra muy vivo en nuestros días, y es el de mestizaje. Con el uso de este término no sólo me refiero a las cuestiones biológicas, también a las culturales que, considero, a la postre fueron las de mayor peso. En el caso del México virreinal no fueron pocas las familias criollas que dejaron la crianza de sus hijos al resguardo de las “pilmamas”, indígenas que además de brindar cuidados a los pequeños, fueron transmisoras de parte del legado prehispánico que enriquece nuestra habla hoy en día a través de mexicanismos tan habituales como los de apapachar, apachurrar, chamaco, chamagoso, chipil, pipiolera, por mencionar tan sólo algunos.
No me resta más que desear al gentil lector que disfrute de esta obra abundante en testimonios documentales, gráficos y escritos, y que es muestra fehaciente de que la historia tiene por destino ser una narración inacabada que aunque está concebida para remitirse al pasado, en mucho nos habla de las inquietudes e intereses del presente en el que se escribe.