A cualquier investigador puede resultarle abrumadora la cantidad
de estudios que existen sobre La Vorágine (1924) y Tierra de
Promisión (1921). Para no pocos riverólogos, José Eustasio
Rivera Salas es, antes que «poeta nacional», un excelso narrador,
el autor de la «gran novela de Colombia», el «libro más
trascendental que se ha publicado en el continente». La faceta
de Rivera dramaturgo es desconocida, cuando no minimizada
por los críticos; suerte similar corren el ensayista, el cuentista y
el cronista de viaje. Esta edición de Juan Gil tiene el propósito de
poner en consideración del lector una poco estimada versión de
la obra, una cuidada de su primer copista y editor, Luis Carlos
Herrera Molina, quien la reprodujo completa, por primera vez,
en 1974, con motivo de los cincuenta años de la publicación de
La Vorágine. Herrera, como custodio de la «obra literaria» del
autor, pese a sus buenas intenciones, cometió errores y omisiones
inexcusables que afectaron la recepción y la comprensión del
texto inédito. Si bien el jesuita abrió el camino hacia Juan Gil,
pese al gesto de rescate, no precisó mayor información sobre
el original, la fuente, su procedencia o la naturaleza de su
transcripción. Sin embargo, esta versión del drama pudo haberse
extraviado para siempre de no haber sido por su labor.
Reproducir la versión presentada en 1974 implica revisar y
cotejar cinco ediciones más: cuatro posteriores y una previa,
parcial, privilegiando una sobre otras y descartando el original
perdido para establecer un texto ecléctico a partir de las
ediciones publicadas, uno que tenga en cuenta y reflexione sobre
las ideas de Rivera en lo referido a la creación de los diálogos, los
personajes y sus conflictos, y las didascalias, el texto secundario,
de tal manera que pueda pensarse en escena, sin reducirse a la
lectura. Así esta edición tiene un valor fundamental: legitima la existencia de dicha versión y abre la puerta a nuevas
interpretaciones, como repasa las decisiones del cura en aspectos
estilísticos y llama la atención sobre los recursos que el autor
consideró relevantes en su proceso de composición, elementos
que definen su política de escritura teatral. Es importante señalar
que el editor no se limita a ser un mero copista o arqueólogo,
realiza un análisis profundo de su objeto de edición, interpreta el
hecho literario, toma posición, compara las versiones existentes
y ofrece interpretaciones que enriquecen la comprensión del
texto base. En este caso, hemos optado por las ediciones de 1974
y 1986, nuestro asiento, puesto que ambas llegaron completas,
sin mutilaciones al presente siglo, lo que las convierte en la
mejor opción ante la ausencia del documento empleado por
Herrera. Con ello, se reconstruye un texto base a partir de las
fuentes disponibles, esto es, todas las ediciones publicadas, con
el objetivo de ofrecer una versión lo más cercana posible a lo que
el autor pudo haber concebido o querido publicar al final de su
vida, una obra dramática que, aunque eclipsada durante años,
hoy se presenta como una pieza clave de su legado artístico. Esta
edición crítica presenta un texto ecléptico y fiable, que documenta
su historia, la identificación de variantes, corrige errores, ofrece
notas explicativas y proporciona un contexto para que lectores y
académicos puedan acercarse de nuevo al drama.
¿Por qué se deben editar y estudiar las dos versiones de Juan
Gil? ¿Cuál es la importancia de la publicada en 1974? ¿Por qué
debe mantenerse esta versión accesible? Las dos merecen ser
tratadas como textos diferentes y la única solución posible a este
desacuerdo es editar y estudiar ambas. Al poner en circulación una
versión fijada a partir de la edición de 1974, vuelve al ruedo un
drama que vio la luz hace más de 50 años, fuente ineludible para
investigadores y amantes de la obra literaria completa del autor.
Mantener este Juan Gil al alcance del lector contemporáneo,
en una edición crítica, confeccionada después de la revisión de
varias fuentes impresas, le proporciona un sentido histórico y
estético, una oportunidad única para una obra que todavía no ha encontrado su público ni su lector. Porque hay que decirlo: si bien
podemos leerlo, el teatro es concebido para ser representado. Por
ello, este proyecto es un rescate y una reafirmación del autor
dramático. El aparato crítico que precede la edición y los dos
ensayos sobre teatro, sin duda, invitan a desentrañar su idea de
la dramaturgia como un espacio poético, simbólico y social, a
valorar su potencial escénico, un aspecto clave para el público
interesado en explorar el teatro moderno en estas latitudes. Esta
edición, al vincular a Rivera con Ibsen y la filosofía de Nietzsche,
reafirma su papel como precursor del teatro hispanoamericano
contemporáneo, y nos invita a redescubrir la riqueza y la
complejidad del drama.
La circulación y la recepción de esta versión en el presente
siglo debe comenzar por reconocer tres escollos extratextuales:
el primero es la desaparición del «manuscrito» que empleó
Herrera, el documento perdido, y la pregunta por la fidelidad
de su trascripción; el segundo es el texto autógrafo, encontrado
en Manizales, recién editado por Norma Donato (2024), en su
propia textualidad, pues contiene una versión temprana, fechada
en 1912; y el tercer escollo, pese a la devoción de Rivera por el
teatro, es la determinación en vida de no llevarlo a las tablas ni
publicarlo. Como respuesta a la negativa del dramaturgo, aunque
similares en muchos aspectos, hoy tenemos dos versiones de
una obra y este necesario desacuerdo. Textos cercanos, aunque
muy distintos, enseñan el posicionamiento de la lógica social
burguesa y la tragedia de una familia enfeudada en la urbe. El
contraste entre ambas no solo revela diferencias argumentales
y estructurales, también permite entender la posición del autor,
como buen contemporáneo, frente a las transformaciones de su
tiempo, esto es, el lugar de la mujer en la sociedad burguesa y la
exigencia de sus derechos civiles.
Se reproduce este Juan Gil, principalmente, porque en las
ediciones posteriores a 1986 el texto fue mutilado, preferimos
creer, por un error de transcripción más que por una intervención o modificación consciente del editor. Según Luis Carlos Herrera,
lo copió de «uno de los manuscritos» protegidos con gran
afecto por Julia Rivera Salas, hermana menor del poeta, quien
le permitió acceder al archivo familiar a finales de los 60. Se
reproduce esta versión no solo para actualizar su presentación y
preservarla, sino para revitalizar la faceta de Rivera dramaturgo
entre las generaciones actuales, un aspecto ignorado, cuando
no subvalorado. Validar la acentuación de la época y legitimar
el uso de extranjerismos, regionalismos y arcaísmos enmarca
la obra en un contexto lingüístico e histórico. Estos vocablos
son diferenciados en cursiva tanto en la reproducción del
drama como en los artículos de prensa del autor. Los cambios,
las adiciones y las enmiendas aparecen entre corchetes ([…]).
Después de una lectura comparativa y cohesiva de las diferentes
ediciones, unificamos criterios de narrativa dramática, espaciado
y estructura, buscando armonizar la diagramación. Aunque se
respetó la puntuación y la acentuación de la fuente, suplimos la
falta de signos de apertura para preguntar (¿) y exclamar (¡), y
algunas comas (,) y puntos (.) de acuerdo con las convenciones
vigentes de la lengua. Este Juan Gil se comparó con la publicación
parcial de 1971, divulgada en la revista Universitas Humanistica,
así como con las ediciones de 1986, 1988, 2009 y 2012. Dado
que ha sido publicado en diferentes momentos con alteraciones
no justificadas, la comparación sistemática permite reconstruir
un texto base sólido y coherente. La selección del texto fuente
responde a la edición de referencia de 1974, cuyo cotejo con
otras versiones ha permitido identificar correcciones tipográficas,
omisiones y posible censura. De este modo, el propósito no es
solo fijar el texto más representativo a la manera arqueológica,
sino también ofrecer un análisis integral del contexto histórico,
literario y editorial en el que se inscribe.
La única diferencia entre la edición de 1974 y 1986 radica en la
imprenta empleada, sin que haya cambios en el contenido y la
diagramación. El Juan Gil de 1988 hace parte de José Eustasio
Rivera Obra Literaria (Herrera, 1988). En los cien años del natalicio del autor, el padre Herrera se propuso recoger toda
su producción literaria, dejando el drama en segundo lugar,
después de Poemas Juveniles y antes de Tierra de Promisión
y La Vorágine. Quizá se deba a un descuido, aunque quien
desconfía «no peca», la edición de 1988 eliminó un pasaje que
sí se reprodujo en el 74 y el 86. El apartado en cuestión es la
expresión de Pilar: «Déjame. Sangra, mas no redime», al final de
la Escena I, en el Primer Acto. El fragmento extirpado no volvió
a integrar las ediciones posteriores, afectando en un análisis
de coherencia interna la continuidad de la trama, el desarrollo
de Pilar como personaje y, en últimas, el sentido global de la
obra. Como puede leerse, la joven hace alegoría a la redención
por la sangre de Cristo, negando la idea de la salvación desde
la vía del sufrimiento cristiano. Ahora, ¿es justo afirmar que
Herrera eliminó dicho parlamento? No hay evidencia que
permita afirmar que esta omisión fue una decisión consciente.
Es más justo pensar que la eliminación haya sido producto de
un descuido en el proceso editorial. Es factible que la fuente
del jesuita ya no exista, por ello, de buena fe, reproducimos la
versión no mutilada del 74, donde sentó las bases del «Rivera
dramaturgo».
En 2012 Juan Gil fue publicado de manera independiente con
motivo del centenario de su composición. La gesta de retomar
la obra y presentarla al lector de la era digital corrió por cuenta
de Jader Rivera y Esmir Garcés, quienes confesaron haber usado
como fuente la del 88, es decir, una edición cercenada. Además,
los autores modificaron la reproducción del texto dramático al
suprimir tildes, desconociendo la acentuación de la época y su
valor filológico. Con el propósito de actualizar la puntuación,
en la didascalia que abre el drama, cambiaron las comas (,) por
los dos puntos (:), en una fallida actualización. A pesar de las
buenas intenciones, hay que reprochar a la edición centenaria de
Altazor haber confundido los parlamentos de Pilar y Mario en
el Primer Acto, esto es, haberle hecho decir a Pilar lo que diría
el poeta y a este lo que diría la joven (Rivera y Garcés, 2012).
Reconociendo la atractiva diagramación del libro, los numerosos
aciertos del prólogo, pues centra el foco en Pilar, y la inclusión de
una foto inédita de Rivera, los errores fácticos en la transcripción
y algunas decisiones editoriales afectaron considerablemente
la publicación, aunque posea doble indulto por ser la primera
edición de Juan Gil publicada de manera independiente y la
primera en no ser precedida por Herrera.
Asimismo, la propuesta incluye dos disertaciones de Rivera sobre
dramaturgia. En «La emoción trágica en el teatro» (1913), exige
a los dramaturgos latinoamericanos, para la verosimilitud de
nuestra literatura y sus personajes, el temperamento ardiente de
los españoles y «ejercitar la violencia» a la manera criolla; en la
segunda, expresa su admiración por la capacidad de observación
de Enrique Ibsen, «el mayor dramaturgo de la época» (1916).
El artículo «La emoción trágica en el teatro» fue publicado en
el Nuevo Tiempo Literario el 16 de febrero de 1913, un año
después del revuelo ocasionado por la lectura de Juan Gil en un
salón bogotano. El 5 de marzo de 1916, publicó «Enrique Ibsen»
en el suplemento literario de La Patria. El crítico norteamericano
Donald McGrady recogió los dos ensayos en un boletín Thesaurus
del Instituto Caro y Cuervo, con la intención de redimir «Cuatro
prosas olvidadas de José Eustasio Rivera» (McGrady, 1975,
pp. 291-317); igualmente acopiadas por Hilda Soledad Pachón
Farias, con otros textos del autor escritos entre 1912 y 1928
(Pachón, 1991). Los copiados aquí se toman directamente del
Nuevo Tiempo Literario y de La Patria, disponibles en línea en el
Fondo Abierto de José Eustasio Rivera del Banco de la República
de Colombia.
Juan Gil caminó a tientas por más de cien años y, pese a las
dificultades, encontró la forma de llegar al lector del presente
siglo en dos versiones. A nuestro entender, Rivera compuso una
primera versión del drama entre 1906 y 1911, la cual pasó en
limpio en 1912, con la intención de compartirla en tertulias
bogotanas, y que luego perdería en préstamo en 1916 o en 1918 para viajar a los Llanos Orientales. En 1917, en una entrevista
confesó estar escribiendo algunas obras dramáticas, entre ellas,
Juan Gil, lo cual ratificaría en 1921, cuando en el interior de
Tierra de Promisión señaló que el drama estaba listo para ser
publicado. Sin embargo, como sabrá el lector, Rivera nunca
lo llevó a la imprenta. En 1927, se vio obligado a responder
públicamente, ya que se le instó a presentar «su Juan Gil» en el
concurso Teatro Nacional, auspiciado por Camila Quiroga, a
lo cual se negaría al final. Este recorrido lleno de vacilaciones,
promesas y olvidos configura la historia de una obra que, aunque
inconclusa y postergada, resurge hoy como una prueba de la
genialidad del escritor y su capacidad para capturar, desde el
teatro, el espíritu de una época en el más crudo materialismo y
la muerte del ideal.
Esta versión de Juan Gil puede considerarse posterior y más
elaborada, puesto que la fuente podría remontarse a los años
20. Juan Gil tiene una existencia ininterrumpida que comienza
con la elaboración del original de 1912 y continúa por más de
diez años hasta la versión rescatada por el jesuita del archivo de
las hermanas menores del autor. Este Juan Gil logró sobrevivir al
propio Rivera, quien prefirió mantenerlo oculto en un baúl hasta
el final de sus días. Asimismo, resistió a la interpretación del
cura, quien lo presentó inédito con un estudio que privilegiaba su
«dimensión humana y religiosa», y el «método palabra-tema».
Resistió a una fallida edición conmemorativa que entorpeció su
tránsito en el presente siglo, y a una pandemia que confinó a
la humanidad y la llevó a reflexionar sobre su propia ceguera.
Juan Gil titubea, pero avanza hacia el siglo venidero en dos
versiones, claro está, si esta mezquindad global para enfrentar
los problemas actuales, de manera consciente y responsable, no
nos conduce primero a la extinción. En definitiva, esta edición
busca proporcionarle un lugar merecido en la historia de la gran
literatura, entre sus hermanas mayores, Tierra de Promisión y
La Vorágine.