Presentación
Prólogo – por Diego Fischerman
Historias asombrosas de la música en Colombia
La redención de una plegaria
Un tropezón cualquiera da en la vida
La improbable pero real historia de la camarera del Café Reno y el asesino inasible
Un colombianito con cara de foca
“Emplázolo duelo, Xavier Cugat”
Woody Herman y una iniciación al jazz
Unos Beatles que no fueron
Luis Rovira y el primer disco de jazz en Colombia
“Demasiado folclor en muy poco tiempo”
Un merecumbé para los Kennedy
Me contaron los abuelos de un secuestro…
Camilo Sesto, ¿estafado en Colombia?
Los años cumbieros de Mingus
Con gusto y Ghana
El autor intelectual
El niño prodigio del piano se rebela a su destino
La banda de rock que se enamoró de Fernando Botero
Fumando espero un motín veintejuliero...
El ruido
El Hendrix que tenemos
El corazón de la caña
Trópicos utópicos
Un romero florecido
La lentitud como método
Una quijotada sonora
Así es… Corrientes 348
La banda de mi vida
Las nueces
Los Hermanos Hernández: los Grillos cantan de nuevo
Juan Carlos Godoy, el tanguero más colombiano
Mario Gareña: él se llamó cumbia
Johnny Pacheco, sumo sacerdote de la comunión salsera
Mariano Mores, el hombre que fue tango
José María Peñaranda: ¡La mondá pelá!
El Lebrijano: la voz que mojaba el agua
Evelyn Glennie, la música sorda
Edson Velandia, el diestro de la herramienta
Niño de Elche, el apóstata del flamenco
Un guaguancó del adiós para Roberto Roena
Agradecimientos