De Simón
Rodríguez pudiésemos decir que es el ensayar como desafío. Una práctica del
atreverse a pensar, a imaginar, a soñar sin miedos, sin tapujos, con yerros sí,
con éxitos parciales también, muchos fracasos, y, otra vez, de vuelta al camino
del ensayo. El ensayo en él es trocha, que se abre y se cierra de continuo, de
finitud sin muerte, de inicio, reinicio, para seguir viviendo, para seguir
andando hacia un final que es un volver a empezar, un nuevo comienzo. Rodríguez
el trotamundos, el de la errancia eterna, que llega a ser el que se es desde el
atreverse a experimentar el pensar, el inventar, valga decir, filosofar y
enseñar como expresiones de un maestro y filósofo o un filósofo por maestro.
Aquel de la palabra viva, pura irreverencia, pura iconoclasia en el andar, en
el hablar, en su praxis política. Palabra a viva voz en su trajinar por Europa,
en su viajar de formación; y, más tarde, escrita para dirigirse a las
generaciones futuras, acompañada del, irónico e irreverente, permiso a sus
contemporáneos, especialmente a aquellos que nunca le comprendieron. Ese
desafío del Samuel Robinson convertido en Rodríguez es aceptado por Walter
Kohan, filósofo y pedagogo, para atreverse a pensar, a ensayar tras de él,
junto a él y de camino con él. En un ensayar con el ancla en América, en
Nuestra América diría Martí años más tarde. Ensayar en un intento siempre de
ser originales, como lo establecía el maestro de Bolívar, porque originales,
pregonaba, son todas las cosas en América. El libro El maestro inventor. Simón
Rodríguez es una entrega de un acercarse y relacionarse con la vida y la obra
del filósofo, que lleva ya varios años. Acercamiento que se volcó en un
conocimiento, en una búsqueda para hacer un cuerpo a cuerpo con el Sócrates de
Caracas, como así le llamara en su momento, con el Sócrates de Nuestra América,
diría yo. Esta obra, pudiera ser calificada, como un estudio más sobre
Rodríguez. Sin embargo, también puede afirmarse que tiene sus particularidades
volcadas en un experimentar propio, distinto, original. Un Rodríguez en tono y
ritmo de Kohan. Un Rodríguez a quien hace hablar y andar de nuevo y va a su
zaga para reaprender sus pasos, para interpretarlos en tonos distintos, desde
la sapiencia de un intérprete y con el sabor de las musas filosóficas actuales.
El Rodríguez de Kohan toca núcleos del maestro errante para entonar su errancia,
su nomadismo, su irreverencia y su perpetua iconoclasia. En este Rodríguez se
siente un caminante que se hace y se deshace en proyectos, que reinicia su
finitud en su nuevo camino, en empresas educativas liberadoras, populares,
valga decir, políticas. Un Rodríguez múltiple, caleidoscópico, que llega, toca
y trastoca y luego se marcha; en una eterna búsqueda por formar el hombre
nuevo, el nuevo repúblico para las nuevas repúblicas. Un visionario que se abre
y se forma en los caminos que hace y transita. Un viajero eterno del tiempo y
su circunstancia. El libro El maestro inventor es así biografía, narración y
mimesis. Un recorrido del pensar en el contrapunto de lo biográfico sin
contagio de crónica de fechas. Una biografía viva que va tejiendo la narración
para alcanzar la identidad de un personaje, de un filósofo originalísimo, en la
juntura de su escritura y de sus cartas. Aquí no hay fechas que alejen el
personaje, al contrario se trata de narrarlo para hacerlo hablar, para que nos
hable, para que nos haga pensar y hacer con él. Y aquí el ejercicio de mimesis
es múltiple: desde lo leído del personaje histórico y de ficción en letras de
Rumazo González y Uslar Pietri, hasta la mimesis de Kohan que termina convertido
y, en alguna medida, convirtiéndonos en su Rodríguez. El maestro inventor es un
ensayo sobre ensayo. Un pensar que ensaya como único camino para poder
interpretar la obra de Rodríguez. Ensayo sobre ensayo, capa tras capa para dar
cuerpo a una urdimbre para poder caracterizar un maestro inventor. Si el Joseph
Jacotot de Rancière es maestro ignorante, el Rodríguez de Kohan es maestro
inventor, invencionero, que hace porque su destino es inventar, su vocación es
ensayar y errar, su desafío es el atreverse siempre a inventar a pesar del
errar, del fracasar. El atreverse a imaginar, contra todo pronóstico, unas
sociedades americanas otras. Y allí la escuela mixta y antirracista, la escuela
de los más pobres, de los negados, más allá la educación popular, y, a la
vuelta, el reto de formar los nuevos ciudadanos, los nuevos repúblicos para las
repúblicas americanas en nacimiento. Y el ensayar la obra escrita filosófica,
pedagógica y política, junto al responder a las urgencias de entender los
cataclismos naturales desde su pensamiento científico. El Rodríguez de Kohan es
el errante que hace del pensar un proyecto inacabado. Y así vida y obra son
interpretadas desde las notas de un pensar que comienza siempre, que nace y
renace siempre, que finaliza cuando empieza un nuevo ensayo, que finaliza y
empieza cuando en cada error se da inicio a un nuevo invento. Caminos de ida y
vuelta, ensayos que se recrean constantemente en ejercicios de finitud.
Errancia a sabiendas de lo que no se tiene, de lo que no hay certeza, del error
que hace inventar, que hace soñar de camino a Nuestra América.